Wargames: Pensar la Estrategia Sabiendo que el Competidor también Juega.
En el mundo de los negocios, solemos dedicar incontables horas a definir objetivos, diseñar planes y afinar presentaciones. Pero, a menudo, hay un actor que queda fuera del PowerPoint: el competidor. Suena obvio, pero muchas estrategias empresariales se formulan como si la otra parte no fuera a reaccionar a nuestra estrategia y que alcanzaremos nuestros objetivos sin problemas porque, implícitamente, los competidores no reaccionarán. Los Wargames nacen precisamente para corregir esa miopía.
El término viene del ámbito militar, aunque su aplicación en empresas no tiene nada de bélica. Se trata de simulaciones estratégicas en las que equipos internos “juegan” distintos roles —la propia empresa, los competidores, incluso los reguladores o los clientes— para anticipar movimientos, descubrir vulnerabilidades y poner a prueba supuestos antes de ejecutarlos en el mercado real.
En un taller típico, los participantes reciben información parcial, igual que en la vida real, y deben decidir bajo presión y con incertidumbre. A medida que el “juego” avanza, se revelan patrones: cómo puede reaccionar un competidor agresivo, qué mensajes comunican debilidad o qué alianzas podrían cambiar el tablero. Más que un ejercicio, se convierte en una experiencia vivencial que transforma la forma de pensar la estrategia.
En mi experiencia, los resultados son reveladores. Muchas veces, las empresas descubren que los mayores riesgos no vienen del competidor directo, sino de un jugador periférico que puede redefinir las reglas. En otras, el ejercicio sirve para alinear internamente: cuando los distintos equipos —comercial, finanzas, marketing, operaciones— “viven” una misma simulación, se construye consenso sobre las prioridades y sobre cómo responder ante escenarios de presión.
Otra ventaja de los Wargames es que combinan rigor analítico con criterio humano. Los modelos de datos y la inteligencia artificial son útiles para proyectar tendencias, pero no reemplazan la intuición, ni el pensamiento estratégico de las personas. Los Wargames, en cambio, utilizan el componente humano del análisis competitivo y lo colectivizan, abriendo conversaciones estratégicas que rara vez surgen de un informe o en una reunión de directorio.
No se trata de predecir “el futuro”, porque no podremos, sino de prepararse para distintos futuros posibles. Las organizaciones que hacen estos ejercicios tienen reflejos estratégicos más ágiles: cuestionan sus supuestos, detectan señales débiles del entorno y ajustan sus decisiones con mayor rapidez. En contextos inciertos, como los que vive cualquier empresa en América Latina en general y especialmente en Argentina, esa capacidad puede marcar la diferencia entre reaccionar tarde y perder oportunidades o anticiparse y aprovecharlas. Incluso en organizaciones maduras, los Wargames reinyectan curiosidad, aprendizaje y una sana dosis de competencia.
Probablemente por estas razones, cada vez más compañías están usando los Wargames no solo para crear su estrategia, sino también para planear lanzamientos, redefinir estructuras comerciales o fortalecer su cultura de aprendizaje. Al fin y al cabo, pensar estratégicamente siempre fue un juego. La diferencia está en quién se toma el tiempo de practicarlo antes de que empiece la partida real.
WIN–LOSS: APRENDER DE LAS DERROTAS PARA VENDER MEJOR
En el mundo de las ventas, las victorias se celebran y las pérdidas se olvidan rápido. Sin embargo, las empresas que realmente aprenden son las que se toman el tiempo de entender por qué ganan y por qué pierden. Ese es el propósito del Win–Loss Analysis, una herramienta que, cuando se aplica con la mentalidad correcta, puede transformar la forma en que una organización entiende a sus clientes y ajusta su estrategia comercial.
El problema es que muchas compañías lo abordan mal. En lugar de usarlo como un proceso de aprendizaje, lo convierten en un “caza de brujas”. Se analizan los negocios perdidos solo para señalar errores del equipo de ventas o de marketing, y el resultado es previsible: la gente se cierra, los datos se distorsionan y el aprendizaje desaparece.
La clave está en cambiar el enfoque: no se trata de buscar culpables, sino de entender cómo deciden los clientes para luego mejorar nuestros productos/servicios y propuestas.
Las organizaciones que aprovechan más este tipo de análisis lo hacen porque lo abordan con un espíritu de genuina curiosidad. Entrevistan a clientes que eligieron a la empresa y a quienes optaron por un competidor para descubrir cómo fue su proceso de decisión. Muchas veces, los resultados sorprenden. En una empresa de software, por ejemplo, se descubrió que el problema no era el precio, sino la confusión que generaba su proceso on-boarding.
Corrigiendo la comunicación de este proceso, la tasa de cierre subió un 18% en tres meses.
Otro beneficio clave es obtener inteligencia competitiva. Los clientes que eligen a otro proveedor suelen contar con detalle qué los convenció. Esa información, recolectada de manera ética, puede servir para ajustar mensajes, precios o incluso el producto mismo. En un caso, una empresa perdió varios pedidos frente a un competidor que ofrecía un “período de prueba”. Replicar esa práctica equilibró el terreno en pocas semanas.
También es importante mirar más allá de ventas. Muchas pérdidas no se deben al vendedor, sino a fallas previas: una propuesta de valor poco clara, un marketing desconectado del dolor del cliente o una experiencia digital que no genera confianza. Por eso, un buen Win–Loss involucra a toda la organización: marketing, producto, operaciones y los ejecutivos.
Pero nada de esto sirve si los hallazgos se quedan en un informe. Las empresas más exitosas son las que transforman las conclusiones en acciones concretas, con responsables y plazos definidos. Algunas revisan sus mensajes; otras reescriben sus approaches de venta o modifican su segmentación. El aprendizaje solo vale si cambia comportamientos.
Además, el Win–Loss no debe ser un ejercicio aislado, sino un proceso continuo. Los competidores y mercados cambian, por lo que repetir este análisis cada trimestre o semestre permite detectar esas mudanzas, nuevas tendencias y accionar a tiempo. En entornos tan dinámicos como el argentino, aprender más rápido que la competencia puede ser nuestra ventaja competitiva.
Nuestro objetivo debe ser que cada venta ganada o perdida deje una lección aprendida. Las empresas que logran institucionalizar este aprendizaje, sin culpas ni excusas, convierten sus tropiezos en motor de su crecimiento.
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Adrian Alvarez
Licenciado en Administración UBA
WAM por la Universidad de Pennsylvania (Wharton)
Dr. en Ciencias Sociales y Empresariales UCES
Dirige Midas Consulting, una consultora en estrategia y tiene más de 15 años de experiencia enseñando estrategia e inteligencia competitiva en América Latina.