Obsolescencia Programada: La Estrategia de Management que sigue Dominando el Siglo XXI.
Acaba de cumplir cien años el infame acuerdo empresarial conocido como el Cártel Phoebus, que selló el primer gran pacto global para acortar la vida útil de un producto: la lamparita eléctrica, y dio origen a la práctica empresarial que luego conoceríamos como obsolescencia programada. Aquella alianza de fabricantes, impulsada por Osram desde Alemania, y a la que se sumarían Philips y General Electric, fue durante décadas un secreto a voces, hasta que, recientemente, se encontraron los documentos que confirmaron su existencia: no solo redujo artificialmente la vida útil de las lamparitas de 2500 a 1000 horas, sino que también inauguró una filosofía comercial que terminaría moldeando la economía del siglo XX y se filtraría en los hábitos de consumo de millones de personas.
Hoy, en un mundo que avanza a un ritmo tecnológico vertiginoso, ese antecedente resuena como un recordatorio incómodo: ¿hasta qué punto la innovación sirve al progreso y cuándo empieza a obedecer a la lógica del descarte?
El debate no es nuevo, y afortunadamente ya se aborda también en diversas asignaturas de nuestra Facultad. En tiempos donde la tecnología parece avanzar empujada por una promesa de accesibilidad y democratización, bajo esa superficie de progreso late un dilema ético profundo. Muchas veces, los dispositivos que reemplazamos suelen seguir funcionando sin mayores inconvenientes; simplemente se vuelven incompatibles o “pasados de moda”
Por ejemplo, todos sabemos que la obsolescencia programada también está presente en el principal dispositivo tecnológico de consumo masivo del presente: los smartphones. Se estima que, en el mundo, diariamente se arrojan unos trece millones de smartphone a la basura. Hace siete años, incluso la propia compañía Apple reconoció que las actualizaciones de software ralentizaban los modelos antiguos de manera deliberada.
Tres caminos hacia la obsolescencia.
Con el avance del tiempo, las prácticas de obsolescencia programada se fueron sofisticando cada vez más, adoptando diversos rostros.
La objetiva o funcional, la más dura, se diseña desde el origen, en la fase de producción: fusibles térmicos que fallan tras cierta cantidad de usos, chips que bloquean el aparato al alcanzar un número predeterminado de operaciones, materiales de baja calidad que garantizan un desgaste rápido o la imposibilidad de acceder a repuestos oficiales. De esa manera, reparar un producto puede costar tanto —o más— que reemplazarlo. Y así, sin darnos cuenta, contribuimos a normalizar una cultura del descarte que empezó con pañales y bolsas, y que terminó impregnando electrodomésticos, electrónicos y casi todo lo que nos rodea.
La subjetiva o no funcional, en cambio, surge del marketing y se basa en impulsar la renovación del producto, aunque el mismo siga siendo útil y funcional para el usuario. La actualización del sistema operativo que ralentiza el equipo, el accesorio incompatible con modelos anteriores, el cambio de diseño que convierte al dispositivo anterior en un símbolo del pasado. Nada deja de funcionar; simplemente deja de “lucir” moderno o adecuado.
La psicológica o percibida opera en un nivel más sutil aún: la moda. Lo viejo —aunque funcione— incomoda. Lo nuevo, aunque cambie solo el color o la forma, se presenta como un salto adelante. La industria automotriz, la electrónica, la del diseño y la industria textil fast fashion conocen bien, y se aprovechan de este mecanismo.
Más allá de los matices, las consecuencias son las mismas: el recambio constante, por un lado, genera ganancias para el sistema comercial, pero también un enorme costo social y ambiental que la industria externa a la comunidad.
Cuando la sostenibilidad entra en escena
La obsolescencia programada se ha convertido en uno de los puntos centrales del debate sobre la RSE y la sustentabilidad. Un sistema económico que depende del consumo acelerado choca obscenamente con el principio que sostiene que debemos satisfacer nuestras necesidades sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras.
Durante décadas, esta práctica avanzó sin demasiadas resistencias. En los años ‘30 del siglo pasado, incluso se propuso en Estados Unidos un organismo estatal para fijar fechas de caducidad y así acelerar la economía en plena recesión. Pero el clima global está cambiando. Estudios recientes muestran que el 77% de los consumidores europeos prefiere reparar antes que comprar algo nuevo. El Parlamento Europeo ya instó a garantizar productos duraderos, actualizables y reparables y Francia dio un paso más: desde 2015, las empresas que introduzcan de forma deliberada mecanismos de obsolescencia pueden enfrentar multas y hasta dos años de cárcel.
En paralelo, varios estados de EE.UU. impulsaron leyes de “Right to Repair”, y las Naciones Unidas incorporaron el tema a la Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible: el Objetivo 12 exige avanzar hacia patrones de producción y consumo responsables.
El giro inevitable: de la economía lineal a la economía circular
El modelo de consumo basado en extraer, producir, usar y desechar está llegando a sus límites. La respuesta es la economía circular, que propone diseñar productos para ser desarmados, reutilizados y convertidos en recursos.
En este contexto, la obsolescencia programada, una estrategia que incrementa la explotación de los recursos naturales, aumenta la emisión de gases de efecto invernadero y multiplica la basura, no solo pierde legitimidad, sino que además resulta un verdadero escándalo ético.
La durabilidad, la reparabilidad y el consumo colaborativo se convierten en estrategias centrales para una economía inteligente, capaz de generar empleo local y reducir costos ambientales.
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Julián D’Angelo
Licenciado en Administración (UBA)
Coordinador de la Comisión de RSE y Sustentabilidad de la Secretaría de Graduados (FCE-UBA)
Posgrado en Gestión Sociourbana (FLACSO)
Director del Centro Nacional de Responsabilidad Social Empresaria y Capital Social (FCE-UBA)
Secretario Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Universidades por la RSE (RedUniRSE)
Conferencista internacional y columnista en temas de Responsabilidad Social, Sostenibilidad y Nuevas Economías, con foco en América Latina y el Caribe.
Investigador y docente concursado de grado y de posgrado en materias del área de administración en la Facultad de Ciencias Económicas (UBA), la Universidad Escuela Argentina de Negocios y otras casas de Estudio del país y el exterior.
Secretario Ejecutivo de la Red Iberoamericana de Universidades por RSE (PNUD- UBA).
Presidente del Comité Honorario del Centro de Estudios en Desarrollo Sostenible de la Universidad Escuela Argentina de Negocios y Director de la Cátedra Abierta de Administración “Enrique Shaw” de la Universidad Católica de Cuyo- San Luis.
Autor del libro “Responsabilidad social y universidad. Agenda Latinoamericana” (Publicaciones Empresariales UNAM FCA Publishing, México), fue recientemente entrevistado para el libro “Historia, evolución y Retos de la Sostenibilidad” editado por la Fundación Corresponsables de España. Cuenta con trabajos publicados en Argentina, Brasil, México y Perú.